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La “Sopa de Calabaza” y el auge de la paternidad artificial

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El otoño pasado, la “literatura de la sopa de calabaza” se hizo viral en China como una sátira hacia la falta de comunicación familiar. Este contenido refleja cómo los padres ignoran los sentimientos de sus hijos, culpándolos de tener “mal genio” cuando rechazan imposiciones. Ante este escenario, los jóvenes están recurriendo a la inteligencia artificial para crear una realidad alternativa.

Con base en información de BBC NEWS MUNDO, este descontento ha impulsado el programa de “padres virtuales” tecnológicos. Jóvenes en ciudades como Hong Kong están utilizando aplicaciones para ser “padres” de bebés de IA que, a diferencia de los padres humanos descritos en la literatura satírica, siempre son agradecidos y muestran una personalidad adaptativa y dulce.

El caso de Zhao Xuan, de 28 años, es ejemplar: tras ser obligada por su madre a dejar su trabajo en Francia para cuidar a su hermano, ahora recurre a memes y contenido virtual para sobrellevar su realidad. Como ella, miles de jóvenes estiman que la conexión con seres virtuales es más saludable que las dinámicas de control y favoritismo de sus hogares tradicionales.

En este contexto, influencers como Pan Huqian y Zhang Xiuping ofrecen un contrapeso vital. Su éxito radica en que no exigen obediencia, sino que ofrecen validación. “Solo me preguntan si hoy soy feliz”, dicen sus seguidores, marcando una diferencia abismal con los “padres chinos” que dominan las etiquetas de quejas en redes sociales.

Se estima que la cifra de personas que interactúan con estos modelos de IA o siguen a padres virtuales seguirá creciendo mientras la economía continúe presionando a la Generación Z. La participación no se limita al entretenimiento, sino que se convierte en una forma de terapia colectiva para enfrentar el trauma de las expectativas no cumplidas.

Finalmente, este fenómeno revela una herida histórica: la dificultad de los padres actuales para expresar afecto tras crecer en la Revolución Cultural. Al no recibir amor, no saben darlo, lo que empuja a sus hijos a buscarlo en algoritmos y videos cortos, prefiriendo un “te quiero” digital a un silencio real.