Durante la presentación de su película en Cannes, Diego Luna compartió reflexiones profundas sobre las motivaciones detrás de Ceniza en la boca. El director se mostró visiblemente conmovido por la respuesta del público y por la conexión personal que mantiene con el material de origen.
Basado en la información compartida por El Excélsior, Luna mencionó que este proyecto le sirvió como un espejo para cuestionar su propio rol como padre. El cineasta dedicó la función a sus hijos, enfatizando la importancia de la presencia y la responsabilidad afectiva en la crianza.
La historia, aunque centrada en la migración, funciona como un vehículo para explorar las ausencias familiares. La relación entre la protagonista y su madre emigrada sirve para ilustrar cómo el tiempo y la distancia pueden erosionar los lazos que antes parecían inquebrantables.
En diversas entrevistas, Luna ha declarado que la película es un recordatorio constante del tipo de figura paterna que no desea representar. Esta honestidad intelectual se refleja en cada escena de la cinta, huyendo de los clichés y buscando una verdad más humana y menos idealizada.
La colaboración con la escritora Brenda Navarro fue fundamental para mantener la integridad de la historia. El director buscó en todo momento que la voz de la autora se sintiera presente, especialmente en el tratamiento de temas como el racismo y la precariedad laboral en España.
El filme ha generado un debate interesante sobre cómo el cine puede servir como herramienta de introspección para los creadores. Al abordar sus miedos personales a través de la ficción, Luna ha logrado una obra que resuena de manera universal con cualquier persona que haya sentido un vacío familiar.
La ovación de cinco minutos que recibió al final de la proyección fue el reconocimiento a un trabajo hecho desde la vulnerabilidad. Ceniza en la boca se posiciona así como una de las piezas más íntimas y valientes en la filmografía del reconocido artista mexicano.
















